Lo insoportable de la infancia

Textos de orientación

Lo insoportable de la infancia

Lizbeth Ahumada (NEL - Bogotá)

El "Lo" del título, tal como es señalado en el argumento de las Jornadas, abre inmediatamente a la pregunta de si el insoportable del que se trata es el que se refiere al padecimiento del Otro que está concernido con la infancia en cualquiera de sus vertientes, o es el del sujeto digno de ese nombre que generalmente se superpone al de niño como tal. Lo que podemos decir rápidamente y sin ambigüedad es que la dimensión de lo insoportable solo puede ser valorada, medida, vivida por un cuerpo. Es en tanto que el cuerpo del ser hablante encuentra un límite en lo que puede soportar que traza la línea de aquello que lo excede, aquello que configuraría un más allá de lo soportable. Así que lo insoportable de la infancia debe ser localizado en el registro singular de un cuerpo, y es por ello que encontramos en el argumento la referencia a la pulsión, dado que ella, en sí misma, lleva el caudal de una satisfacción soportable, vivificante y al mismo tiempo, anuda el exceso que da lugar al más allá del placer como nos lo enseñó Freud.

Ahora bien, allí donde hay un sujeto bajo el nombre común de niño, se espera encontrar al Otro del que está sujeto, que encarne un deseo no anónimo[1] y sostenga su mano. En este sentido, no hay infancia sin Otro. Como dice Jacques Alain Miller, lo digno del nombre de sujeto es estar sujetado[2]. En la época actual asistimos al espectáculo de fenómenos impensables en tiempos del padre vigoroso de Freud, que dan cuenta de una infancia sin sujeción, desregulada; o, en todo caso, que se encuentra bajo dominio de poderes oscuros e insondables.

El lugar del niño está articulado a las formas sintomáticas de la época, a fenómenos masivos que lejos de exceptuar su estatuto de infante, lo presentan haciendo parte del síntoma social contemporáneo. El niño, él mismo, se ha constituido en un síntoma, no solamente como denuncia de la verdad de la pareja parental en el espacio familiar, como lo indicara Lacan en su Nota sobre el niño, sino en el lugar de un real desanudado, que retorna con violencia en las manifestaciones globales de malestar. Como sentenciara Judith Miller, Los niños hoy se ven condenados a una de estas alternativas: resistir o ceder[3] ante el discurso del amo y la pluralización de los objetos de mercado, podemos añadir.

A partir del subrayado que hago en el argumento, quisiera abrir algunas líneas de trabajo que tocan de cerca el interés de pensar los semblantes de la infancia en nuestros días y cómo éstos objetan las consignas del amo contemporáneo que ha reducido toda operación al imperio de la economía. En todo caso, ya Lacan nos advertía que todo lo que se interprete como propio de un niño, es un fantasma que obtura la verdadera pregunta. En su seminario sobre La transferencia[4] lo dice en estos términos: ¿Qué hay de ese nombre que se conecta directamente, por lo que yo sé, con mi incoación significante y que califica al sujeto de un modo diversamente legítimo como niño? Esta respuesta es precipitada, prematura y esto por la evitación de la verdadera respuesta al ¿Qué soy yo?, así que la respuesta que viene del Otro, "eres un niño", correlativo entonces a "yo soy un niño", equivale a una significación que escamotea, -en el plano del Otro-, la forma que la experiencia analítica nos permite desvelar, del ¿Qué quieres?, punto preciso que permite saber qué deseamos al plantear la pregunta.

 

1. Los niños, objeto del discurso

La inclusión de los niños en los modos sintomáticos de la civilización actual, al servicio de maquinarias de goce que hacen de la degradación de la vida un fin mismo, es un hecho irreductible. Lo observamos en el uso que hacen de la infancia las mafias criminales que aprovechan la elasticidad legal en la imputación penal de los menores; lo vemos en la inducción al consumo temprano de drogas como modo de servir al mercado; en las modalidades de uso para la pornografía y la prostitución, en el reclutamiento infantil en guerras civiles; también, en los movimientos migratorios para desafiar políticas de Estado, como lo hacen los niños indocumentados que cruzan solos las fronteras de México y Estados Unidos[5]. Al respecto, el libro Los niños perdidos, de la escritora mexicana Valeria Luiselli, prologado por el reconocido periodista Jon Lee Anderson, detalla, a partir de su trabajo como traductora para la defensa de los niños migrantes en la Corte Migratoria de Nueva York, el laberíntico y despiadado proceso legal del que, literalmente, depende el futuro de los niños centroamericanos que arriesgan la vida para cruzar la frontera. Decenas de miles de niños que emigraron solos desde México y Centroamérica han sido detenidos en la frontera. No se sabe si serán deportados. No se sabe qué va a pasar con ellos. Viajaron sin sus padres, sin sus madres, sin maletas ni pasaportes. ¿Por qué vinieron a Estados Unidos? Es la primera de cuarenta preguntas -las mismas del cuestionario del proceso legal- con que la autora testimonia de este fenómeno tan brutal como global es. Y al que desde una perspectiva más cercana, concebimos como desplazamientos forzados. Cabe destacar la pregunta que Luiselli se hace, en cuanto muestra la desgarradura del sujeto y a la vez, el empuje que ella puede causar: "¿Cómo se explica que nunca es la inspiración lo que empuja a nadie a contar una historia, sino, más bien, una combinación de rabia y claridad?".

Es claro entonces: El lugar del niño es un hecho de discurso. Es lo que quiere decir Jacques-Alain Miller cuando afirma que hoy el niño es un asunto de poder, y debemos decir, nosotros analistas, dónde nos inscribimos ante este espectáculo[6] , también corresponde al psicoanalista restituir el lugar del saber del niño, advertir el alcance y la determinación que éste tiene en su posición como sujeto niño, porque como lo indica Miller,[7] el niño entra en el discurso analítico como un ser de saber y no solamente como ser de goce.

En otra vertiente del síntoma, debemos decir que el niño, con su presencia, ha puesto en jaque todo orden que se pretende establecido, sea el jurídico-legal, sea el científico; el niño enloquece no solo a las familias, como afirma Eric Laurent, también a las escuelas. Ya no encontramos al niño quieto y dócil a cualquier intervención sobre él, ahora es más difícil mantenerlo fijo en un lugar; y no por azar surge la hiperactividad como diagnóstico del malestar que resulta del fuera de lugar que observamos actualmente, ni tampoco el lugar que las mascotas empiezan a ocupar en las nuevas configuraciones familiares, porque en efecto ellas ocupan la vacancia del lugar en el que se esperaba encontrar un niño. Es, podemos decir, el clima de rebelión de un nuevo objeto de consumo a partir de la reivindicación de los derechos de los animales. Hace poco fuimos testigos del caso de Chucho, el oso que ganó un habeas corpus en la Corte Suprema de Justicia, por haber sido trasladado de una reserva de Manizales al zoológico de Barranquilla, para que pueda ser reubicado en un ambiente con "plenas y dignas condiciones de semicautiverio". El abogado consideró que la privación de la libertad del mamífero no presentaba una mejora en su caso, sino que empeoraría sus condiciones de vida y sobre todo, sus derechos fundamentales.

De otra parte, y de manera más clara, es el caso del niño autista que ha invadido con su presencia todos los escenarios de convivencia subvirtiendo las condiciones de inserción bajo las consignas ideales e identificatorias en el conjunto del Otro, El analista allí, como en todos los casos, está del lado del sujeto, y su tarea es llevar al sujeto niño a jugar su partida con las cartas que le fueron repartidas[8].

 

2. "Educad al niño y no tendréis que castigar al hombre"

La idea de que "el niño de hoy es el hombre del mañana" ha impregnado muchas de las acciones dirigidas a asentar las bases en el niño, hacerle los ajustes pertinentes para moldear el hombre que devendrá; es decir, algo así como la inscripción de las buenas causas, de las buenas intenciones, para que el producto no se vea alterado. El psicoanálisis no fue ajeno a esta tendencia. En el interesante libro de Elizabeth Ann Danto, Psicoanálisis y justicia social, se describe con vigor el clima de discusión de los psicoanalistas judíos exiliados[9] en el marco de la Alemania Nazi, promovidas en el trabajo del ambulatorio de Berlín. La discusión de la que participaban, entre otros, Otto Fenichel, Michel Balint, Oto Rank, se puede resumir en el sentido del paralelo que se establecía entre las naciones y el desarrollo del niño. ¿Las nacionalidades tienen estructuras de carácter específicas? George Gëro imaginaba que el inconsciente humano era "internacional", pero que la forma de carácter era única para cada país y se basaba en gran medida en el superyó. Conforme el niño se transforma en un adulto, esa forma del carácter (o el "carácter nacional") se vuelve más fuerte a medida que aumenta el poder del superyó, el lugar del inconsciente de la mente que custodia las normas culturales. Así mismo, Balint envió un manuscrito que reinterpretaba las fases de la libido, haciendo un énfasis particular en la educación y en la cultura. En Viena, Anna Freud y Dorothy Burlingham se abocaron a la investigación y asistencia directa alrededor del adiestramiento de los niños en la alimentación, en el sueño y en la higiene, ya que su misión era aliviar el sufrimiento de los niños mediante el psicoanálisis, y este psicoanálisis, pensaban, requería conocer en profundidad el crecimiento y el desarrollo humanos. No deja de ser conmovedor el desesperado intento de estas psicoanalistas por mantenerse del lado de la investigación psicoanalítica. Por ejemplo, en su exploración del concepto de una autoregulación innata de los niños, observaban cómo se alimentaban los bebés de uno a dos años por sí mismos. Montaron "bufets de bebés" en mesas de tamaño infantil y observaban a los niños gateando alrededor y seleccionando comida sin la interferencia adulta. ¡Cómo comían los niños!, aquellos niños no habían visto nunca muchos de los alimentos del bufet. Primero comieron de todo durante tres días. Luego volvieron al pan y la mantequilla. Al principio, concluían, todos los bebés se atiborraron de chocolate, pero comenzaron a alimentarse con una dieta equilibrada sorprendentemente rápida. Para terminar diciendo que si los niños y sus familias no se hubieran beneficiado realmente de este estudio se podría inferir la condescendencia caritativa. Sabemos que de ahí se derivaron los proyectos de las Guarderías de Guerra de Hampstead en Inglaterra, prometiéndose una fórmula humana para analizar el desarrollo infantil. Observando cómo los pequeños de familias muy pobres determinan sus necesidades personales de sueño y alimentos independientemente, los analistas comenzaron a formular los conceptos de "tiempo y niño" y resiliencia que priman en los servicios de bienestar infantil en la actualidad, y en la mayoría de casos dirigen los programas educativos basados en la autonomía y la libertad.

 

3. El niño kleiniano y el niño lacaniano

En el seminario IV, Lacan compara y contrasta a Melanie Klein y a Anna Freud, y aunque ciertamente valorizará la penetrante y aguda mirada clínica kleiniana en diferentes momentos de su enseñanza, es claro que para Lacan la función de la palabra está ausente de las elaboraciones de esta psicoanalista. En este marco, se trata entonces de conducir a una elección: origen o estructura. Las lecciones lacanianas del caso kleiniano de Dick en el seminario 1, como también el caso del "niño lobo" de Rosine Lefort, ubica la necesidad de articular la estructura del sujeto a los tres registros que anudan su existencia, puesto que es con ello que se puede entender la clínica misma. En este sentido, la lectura lacaniana de las fases desarrolladas por Freud, cobra un sentido especial, pues de allí, entre otras se derivan las diferentes desviaciones de la clínica llamada posfreudiana.

En el libro "Los diálogos sobre Klein-Lacan"[10] que recoge los textos compilados por Mary Sullivan, que fueron presentados en una reunión entre analistas kleinianos y lacanianos en Londres, se ubica claramente, lo que está en juego cuando se alude a la clínica con niños y el alcance que ésta tiene. Encontramos allí una conferencia de Eric Laurent "Repensando la interpretación kleiniana: ¿En qué consiste la diferencia?" que da lugar a pensar los conceptos psicoanalíticos fundamentales como pivote de la clínica, es decir que lo que está en juego es la doctrina misma que no hace distingo en lo relativo a la edad cronológica sino a las coyunturas vitales de un sujeto soportado por la estructura. Es una línea de trabajo que sigue presente en el ámbito del psicoanálisis contemporáneo, más aún si vemos que actualmente surge con fuerza la idea de la libre elección aplicada a las exigencias de cobijar lo que se llama el ser.

Observamos la elección del sexo, cada vez más temprano en lo relativo a una inscripción legal, a partir de cierto espectro difuso del derecho de los niños, de la edad que los representaría como tales, para precipitar las ideas de libertad y respeto cuando una idea o sensación corporal hace discurso. Así, el ejemplo del pequeño de cuatro años, que, vestido de mujer se presenta ante sus padres y ellos, librepensadores, instruyen a su entorno que deben respetarlo y amoldarse a este goce, designado por ellos, homosexual. Mi paciente, su hermana de siete años, es quien denuncia esta precipitación obscena de la respuesta del Otro, de la que Lacan ya nos advirtiera.

 

4. Infancia y política

En 1924, la Sociedad de Naciones (SDN) aprobó la Declaración de Ginebra, un documento que pasó a ser histórico, ya que por primera vez reconocía y afirmaba la existencia de derechos específicos de los niños, así como la responsabilidad de los adultos hacia ellos.

Las Naciones Unidas se fundaron una vez terminada la Segunda Guerra Mundial. El 20 de noviembre de 1959, aprobó la Declaración de los Derechos del Niño de manera unánime por todos los 78 Estados miembros de la ONU. Hecho político que supuso el primer gran consenso internacional sobre los principios fundamentales de esos derechos. De allí se desprenden las políticas estatales que rigen los asuntos que competen a la infancia en general y en nombre de ellos se claman acciones de aquí y de allá. Obviamente con el telón de fondo de su ausencia radical, su inoperancia es correlativa al declive de todos los organismos que otrora fueron instancias de verdadera autoridad mundial.

Cabe destacar que ni la Declaración de Ginebra de 1924, ni la Declaración de los Derechos del Niño de 1959, definen qué periodo comprende la infancia, es decir la edad de cuándo empieza y termina.

Sin embargo, el Preámbulo de la Declaración de los Derechos del Niño, resalta la idea de que los niños necesitan protección y cuidado especial , "incluyendo una protección legal adecuada, antes del nacimiento y después del nacimiento".

La Declaración de los Derechos del Niño establece diez principios (2).

Por qué no recordarlos:

  1. El derecho a la igualdad, sin distinción de raza, religión o nacionalidad.
  2. El derecho a tener una protección especial para el desarrollo físico, mental y social del niño.
  3. El derecho a un nombre y a una nacionalidad desde su nacimiento.
  4. El derecho a una alimentación, vivienda y atención médicos adecuados.
  5. El derecho a una educación y a un tratamiento especial para aquellos niños que sufren alguna discapacidad mental o física.
  6. El derecho a la comprensión y al amor de los padres y de la sociedad.
  7. El derecho a actividades recreativas y a una educación gratuita.
  8. El derecho a estar entre los primeros en recibir ayuda en cualquier circunstancia.
  9. El derecho a la protección contra cualquier forma de abandono, crueldad y explotación.
  10. El derecho a ser criado con un espíritu de comprensión, tolerancia, amistad entre los pueblos y hermandad universal.

Hay que recordar que los Derechos del hombre son una condición anterior, indispensable para que el psicoanálisis pueda existir, y es en este marco en el que se debe inscribir la particularidad que implica la palabra más subjetiva. Así mismo, cuando hablamos de los Derechos de los niños, damos el lugar que corresponde a la palabra del sujeto que se escribe a fuego en el juicio íntimo que el psicoanálisis acoge.

Como dice Eric Laurent en su texto "El niño, ¿el resto?"[11]los desórdenes que se acumulan en el horizonte próximo necesitan que los psicoanalistas puedan proteger a los niños que vienen a verlos de los delirios familiares y de los delirios de Estado, de los delirios del discurso de nuestra civilización en el siglo XXI. Cuando recibe al niño, debe poder protegerlo y permitirle orientarse, encontrar su camino, discernir cómo fue producido por el "aborto" del deseo paterno, de los impasses de la producción del niño como objeto en la civilización, puede y debe darse los medios de hacer, a su vez, un plano del edificio, condición para que encuentre una puerta de salida que le permitirá construir una solución viable, vivible para él y para todos los que serán más tarde sus niños.

NOTAS

  1. LACAN. J. Nota sobre el niño. En: OTROS ESCRITOS. ED. Paidós, Buenos Aires, 2012. pág 393.
  2. MILLER, J.-A. Los miedos de los niños. Paidós, Buenos Aires, 2017. Pág.21
  3. MILLER, Judith. Ibid. Pág.11
  4. LACAN, J. La Transferencia. Pág. 276
  5. Reseñado por Valeria Luiselli en su excelente libro Los niños perdidos. Ed. Sexto piso, España, 2016
  6. MILLER, J.-A. Los miedos de los niños. Ibid. Pág.21
  7. Ibid. Pág.24
  8. Ibid. Pág 25
  9. Danto, Elizabeth Ann. Psicoanálisis y justicia social. Ed. Gredós, Madrid, 2013. Pág.371-373
  10. Paidós, Argentina, 2000.
  11. LAURENT,E. El niño y su familia. Colección Diva, Buenos Aires, 2018. Pág.113