Lo insoportable de la infancia

Textos de orientación

Infancia y Sexuación

Gabriela Urriolagoitia (NEL - La Paz)

Con Freud y Lacan sabemos que la diferencia sexual no equivale a la diferencia de género, no se trata de una clasificación de los sexos por atributos biológicos o sociales. El ser hablante necesita localizar e interpretar el goce que habita su cuerpo, con un significante.

Aunque esta operación es insuficiente, no deja de ser necesaria y es el resultado de un proceso subjetivo inconsciente que se da en la infancia y se re significa en la adolescencia. Asumir su sexo, entraña una dificultad porque el lenguaje desnaturaliza su cuerpo y al hacerlo, lo parasita. La infancia es el tiempo lógico en el que el ser hablante debe advenir como sujeto de la palabra e inscribirse en el campo del Otro, ordenando la exigencia pulsional que domina su cuerpo, a través de una posición sexuada.

Que el lenguaje parasita el cuerpo, significa que no hay relación armónica ni complementaria entre la pulsión y el cuerpo mismo, mucho menos la habrá entonces entre dos cuerpos. Lacan se refiere a esto como no hay relación sexual[1]. En el Inconsciente no existe el programa que le enseñe al niño a relacionarse con su propio cuerpo desbordado por el goce autoerótico, ni tampoco a relacionarse con el cuerpo del otro.

 

La diferencia sexual

La categoría de lo diferente es un efecto de la oposición binaria S1-S2, fundamento de lo Simbólico como Orden, pero aún así es insuficiente para dar cuenta de la diferencia sexual, porque la sexualidad es un agujero en el Inconsciente. Freud ya lo constata cuando descubre que en los primeros años, niños y niñas desconocen la diferencia sexual y atribuyen a todo ser vivo un genital masculino, en función a la actividad pulsional masturbatoria que practican. Ver la ausencia de falo en el cuerpo de una mujer, no es interpretado como sexo femenino, sino como ausencia del masculino. Para Lacan hombres y mujeres no son más que significantes, es un error pensar la diferencia sexual desde ahí. Se refiere a la pequeña diferencia cuyo operador es la castración: consentir al hecho de que el goce está prohibido para el ser que habla, le posibilitará experimentar la vocación de su sexo de manera consistente, a la vez que acceder al otro sexo[2].

Encontrarse contingentemente con que hay alguien que no lo tiene, constituye un momento traumático que permite anudar el goce del cuerpo con el Falo, función de la castración. El efecto es que lo imposible de la relación sexual se inscribe en el Inconsciente, a la vez que se inscribe la diferencia sexual para ambos sexos. El exceso de goce autoerótico de la sexualidad infantil, es evacuado del cuerpo, localizado en las zonas erógenas e interpretado fálicamente como una pérdida.

La significación del goce como perdido permite que el cuerpo se ordene y tome el color de la sexuación.

Para él, toda su libido se concentra en la zona fálica, así el órgano sexual deviene instrumento de goce que le permite ir al encuentro con el Otro sexo. Su posición sexuada masculina consiste en tener el Falo a costa de quedar marcado para siempre por la posibilidad de perderlo, lo que le imprime un rasgo de cobardía por estar embarazado de algo que hay que proteger[3].

Ella, respecto a la referencia fálica, no tiene nada que perder. No-toda embarazada del Falo, se ubica del lado de un coraje sin límites[4]. Su castración la confronta con el agujero en lo simbólico que la lleva a asumirse privada del falo y, sin referencia alguna para nombrar su ser de mujer, siempre será Otra para si misma[6]. La posición femenina supone una dimensión de coartada: sabe que no lo tiene y para conseguirlo, viste el agujero que la habita, del brillo fálico, para ser el Falo y causar deseo en un hombre.

Lo real del sexo como imposible, radica en que no existe el elemento simbólico que pueda nombrar ni significar lo femenino. Así, con Lacan podemos decir "la mujer no existe"[5] en el inconsciente. Ambos sexos deben ordenar su goce y asumir una posición sexuada con el Falo como único referente. El Otro sexo es lo femenino para hombres y mujeres, ya que encarna lo radicalmente diferente, lo ajeno y extraño que por ser desconocido, resulta enigmático e insoportable.

Para ambos sexos, el cuerpo del Otro deviene el sustituto del objeto perdido y la dimensión del amor posibilita la creencia de que el encuentro entre los cuerpos es posible.

¿Qué pasa hoy, cuando ante la necesidad del niño de interpretar y localizar su goce, la función fálica ya no viene a su auxilio porque ha dejado de ser una función universal en la cultura? Es la pregunta que nos hacemos los analistas cada vez que recibimos a un niño en la consulta.

¿Cómo hacernos partenaires de ese goce para que el sujeto encuentre su solución singular? ¿Como hacernos partenaires de la civilización ante el desafío de conversar con las comunidades LGBTQI+ y los movimientos feministas? Es algo de lo que la sexualidad infantil tiene para enseñarle al psicoanálisis, aún.

NOTAS

  1. Lacan, J. El Seminario, Libro 19 "... o peor", Paidós, Buenos Aires 2012, pg 13
  2. Ídem 1, pg 16-17
  3. Miller, JA. "Conferencias Porteñas, Tomo III", Paidós, Buenos Aires 2010, pg. 66
  4. Ídem 4, pg. 67
  5. Lacan, J. "Televisión" en Otros Escritos, Paidós, Buenos Aires 2012, pg. 563
  6. Lacan, J. "Ideas directrices para un Congreso sobre la Sexualidad Femenina" en Escritos 2, Siglo XXI Editores, Mexico 1995, pg. 711