Lo insoportable de la infancia

Textos sobre los Ejes

Jugar es una cosa muy seria

Vilma Coccoz (ELP)

Para Freud el juego infantil era algo serio. El fruto de su observación del que inventara su nieto de dieciocho meses inaugura la construcción de la segunda tópica del aparato psíquico: Al marcharse su madre, a quien estaba muy apegado, se entregaba a la manipulación gozosa de la bobina que hacía desaparecer (Fort!, fuera!) para, en otro momento, recuperar (Da!, aquí está!). Freud advierte que el niño repite con más frecuencia la experiencia de la ocultación, revelándose así su consentimiento a la ausencia del Otro y en tal renuncia a la satisfacción, protagoniza una "gran conquista cultural."

Siguiendo la divisa lacaniana que considera los objetos y dibujos como "vectores de la palabra" he incorporado una gran variedad para facilitar las elecciones que permitan a los peques tratar lo insoportable.

Luis de cinco años, no escatimaba pruebas para verificar su lugar en la pareja de los padres. His majesty hacía valer a todas horas sus demandas perentorias; sus terrores nocturnos justificaban ocupar el lugar central del lecho conyugal. Asistía a regañadientes a la escuela, se aburría, sólo despertaba su interés la competición durante el recreo: Ganar, a cualquier precio. Un lema reiterado sin variaciones en los juegos con animales y personajes durante la sesión.

Un día declaró muy ufano que sabía jugar al ajedrez. Una vez dispuestas las piezas fue patente que el fin principal era comer… las piezas. Primero sorprendido, luego enfadado y chillando, reclamaba imperativamente ¡Cómeme! cuando llegaba mi turno.

Este momento crucial se zanjó cuando pudo convencerse de que mis intereses eran otros: saltar, mover en zigzag, saludar, etc. El despertar de su deseo de aprender a escribir vino a ratificar su inclusión en el discurso una vez que eligió renunciar a sus tiránicos privilegios, cuya otra cara le condenaba al circuito cerrado de su exigencia pulsional, comer-ser comido.

Ramón, de nueve años confesó un día su intención de jugar al ajedrez. Ante la evidencia de su ignorancia del reglamento, opté por incorporar sus excentricidades en los movimientos de las piezas y en el uso del tablero y les otorgué la categoría de invención: Jugamos entonces al "ajedrez-Ramón" mientras yo iba apuntando las reglas "novedosas". Concederle este lugar de excepción y validarlo en el universo simbólico, fue recibido por Ramón con gran satisfacción facilitando su consentimiento a la aceptación de ciertas normas que hasta el momento sólo suscitaban su revuelta: se oponía, iracundo o se dejaba caer.

La experiencia de la infancia es un recorrido balizado por los encuentros singulares que dificultan o facilitan el acceso al lazo social y el psicoanalista es llamado a convertirse en el mediador simbólico en quien apoyarse cuando el peligro de quedar fuera del discurso asoma en la existencia de los primeros años.